Impossible

“I remember years ago,
someone told me I should take
caution when it comes to love…
I did...”

Es difícil sacarte de mi cabeza. Lo he intentado todo… He ahogado mis pensamientos a base de alcohol y de peleas absurdas, sacando de ello sólo nudillos rotos y moratones que pronto me reprochaste con hastío. También probé a perderme entre las sábanas de algunas chicas. Mis manos han buscado su cuerpo sin más resultado que imaginar que era el tuyo el que tocaba, deshaciéndose como la arena entre mis dedos.

Me estoy volviendo loco. Nunca hubiese pensado que esto podría pasarme a mi… y mucho menos contigo.

Durante años he guardado el secreto. He añorado tu amistad y con el tiempo terminé añorando tus brazos. Maldita sea, ¿qué me has hecho?

Alguien le dijo una vez que mientras no se enamorase, podía jugar al peligroso juego de la seducción tanto como quisiera. Nunca se había planteado que podía salir escaldado, mucho menos que podía hacer daño a quién no lo merecía; lo suyo hasta entonces habían sido las relaciones esporádicas, sin ataduras y enteramente físicas. Ninguna de las chicas que había tratado con Ren Jinguji podía decir que lo conocía realmente. Él mostraba lo que quería y eso era meramente una máscara construida de fingida galantería y arrogancia. Tampoco podían decir que las tratase mal sino todo lo contrario… pero todas y cada una de ellas jugaban a lo mismo con la esperanza de poder cambiarle; esperanza ilusoria teñida de lujuria.

Dejó aparcado su deportivo azul en el parking del lujoso edificio en pleno centro de la ciudad. Ya había estado allí más de una vez: en el piso treinta y cinco del magnífico rascacielos. Entró con caminar felino a través del hall, las gafas de sol cubriendo sus ojos y la chaqueta colgada descuidadamente sobre su hombro. Atravesó el vestíbulo hasta el ascensor sin tan siquiera mirar a los lados. Una chica pelirroja entró también, nerviosa por compartir viaje con alguien como él; lo había visto en revistas de moda muchas veces sin imaginarse que se lo cruzaría alguna vez. Él tan solo miró de reojo a través de sus gafas y sonrió de medio lado. La chica comenzó a retorcer sus dedos sin saber si abrir la boca para decir algo o no. Las puertas se abrieron, Ren se giró hacia ella bajando las gafas regalándole un guiño antes de salir.

-Llegas tarde… -exclamó una despampanante morena al abrir la puerta. El ajustado vestido mostraba cada una de sus bien proporcionadas curvas y sin embargo, Ren no estaba impresionado más bien apático.
-¿Desde cuándo has impuesto horarios?... -exclamó encogiéndose de hombros como si aquello no fuese con él. Prácticamente acudía allí por costumbre con la absurda convicción de que se olvidaría de todas las dudas anidadas en su cabeza.

No hubo demora. Ella se lanzó a sus brazos sin reservas, buscando hambrienta los labios que antes había ya sentido sobre su piel. Él correspondió a sus besos y deslizó la cremallera del vestido apartándolo con delicadeza de sus hombros. Antes de darse cuenta la imagen que vino a su cabeza fue la de él. Masato volvía a asaltar sus pensamientos, inclusive cuando era el cuerpo de otra el que acariciaba con maestría. Cuando besó su cuello, besaba el de él… acarició su cabello azul, olió su perfume y fue su imagen la que vio cuando abrió los ojos apartándose para recobrar el aliento tras el ímpetu inicial.
Hiciera lo que hiciera, allí estaba. El maldito destino se empeñaba en burlarse de Ren una y otra vez. La apartó a un lado sin explicaciones como si de veneno mismo se tratase.

-¡¿Pero… qué estás haciendo?!- se sintió herida en su orgullo mientras se envolvía el cuerpo con las finas sábanas de seda.
-Esto es un error… -cogió la chaqueta y no miró atrás. Se lanzó hacia la puerta decidido a regresar a la academia y poner fin a semejante “experimento”. ¿En qué demonios estaba pensando cuando creyó que esa era la mejor forma de comprobar lo que sentía?

El portazo retumbó en la inmensidad del parking y el puñetazo al volante en sus nudillos. Las lágrimas de impotencia aparecieron en escena y lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos.

Tras varios minutos ya estaba de vuelta en Saotome. Los pasillos se le hicieron eternos, vacíos aun repletos de gente. No estaba seguro de querer verle, tal vez de querer correr y decirle lo que pasaba por su cabeza o esconderse en el más siniestro y oscuro agujero que encontrase. Le vió saliendo de una de las aulas de ensayo acompañado de Nanami. Sonreían y hablaban con camaradería… Algo se clavó en la boca de su estómago con uñas y dientes, algo que nunca había sentido y que removía los cimientos de todo lo que había creído hasta entonces. Apretó los puños hasta dejar blancos sus nudillos mientras caminaba de regreso a la habitación que compartían.

-¿Ya estás de vuelta?... Pensé que esta noche no dormirías aquí. -La puerta se cerró tras el peliazul que se dirigió a su escritorio partituras en mano-… ¿te han dado calabazas? -su rostro tan inexpresivo como siempre.
-Hum, eso te encantaría Hijirikawa -Ren fingió una risita adusta, tumbado sobre la cama con los brazos cruzados bajo su cabeza. ¿Qué iba a decir? Se incorporó un poco sobre sí mismo, mirándole con socarronería y provocación. Siempre usaba con él la misma táctica para enmascarar la verdad en sus palabras- … Lo cierto es que te echaba de menos. Hubiese dormido fuera de esta habitación... si fueses tú mi acompañante.

Los ojos azules de Masato se abrieron como platos, cargándose de ira conforme se clavaban en su compañero de habitación.
-Imbécil… ¿Alguna vez te funciona eso con una chica? -estiró las palabras dejando un silencio cargado de resentimiento  entre medias- … Me resultas despreciable, Jinguji. Todo tú.

El rostro de Ren no se inmutó pero lo cierto era que se habían clavado esas palabras como dardos en su pecho. Sintió cómo algo se rompía en su interior y la voz de Masato repetía esa frase en su cabeza, una y otra vez. Ladeó el rostro y forzó una sonrisa burlona. Que buen actor podía llegar a ser.
-Hace falta más que eso para desarmarme. Me conoces de sobra, Hijirikawa.

Fingir era lo único que le quedaba. Aferró los dardos en su mano y comenzó a tirarlos contra la diana, como si no hubiese pasado nada.

Me conociste mejor que yo mismo y sin embargo, ya no somos lo que éramos. ¿Desarmarme? No queda nada de mi que desarmar. Ya no sé quién soy.

And you were strong and I was not,
my ilussion, my mistake,
I was careless… I forgot, I did.

Secret smile

"Nobody knows it…
but you’ve got a secret smile…
and you use it only for me."


No estoy seguro de cómo pudo pasar, sólo sé que fue inevitable.
Menudo imbécil… No recuerdo qué nos llevó a esto; lo más probable es que mi mente lo borrase para bien propio como el egoísta que soy. De niños compartimos risas, juegos y confidencias… fuiste el mejor amigo que un capullo como yo ha logrado tener hasta ahora. Alguien al que tras años de buenos momentos, despaché de mi vida sin siquiera arrepentirme. Lo cierto es que el arrepentimiento llegó tarde cuando poco quedaba por hacer y yo, muy lejos de mostrarlo, seguía añorando que esos muros que nos habíamos esmerado en construir cayesen finalmente a nuestros pies.


Me afané en vestir una máscara de arrogancia, en regalar suspiros y prometer estrellas a cualquiera, cuando mis estrellas tenían tu nombre escrito. Me ahogué en la piel de unas cuantas extrañas, besé los labios de otras tantas… buscando los tuyos. He pasado años luchando con la bestia que se apodera de mi cuando te veo al otro lado de la habitación: estirado y recatado entre tus pinceles y pergaminos. Luego otro tanto combatiendo al romántico que mira tus ojos y el lunar que alguien pintó en esa mejilla tan bien esculpida.


Nadie lo sabe, pero tienes una sonrisa especial que sólo usas conmigo. Ese mohín que haces con los labios cuando te enfadas, cambia sutilmente cuando soy yo quién te saca de tus casillas. Incluso cuando intento acercarme con socarronería fingida, danza en tu rostro jugando conmigo. La conozco. La he memorizado, la he estudiado tantas veces que soy capaz de predecir cuándo aparecerá y créeme, es lo más bonito que he visto en la vida.


Nadie lo sabe, pero tienes una manera diferente de mirarme cuando algo que digo te indigna. Bajas la mirada fingiendo apatía y luego levantas con gracia la ceja izquierda, cuando vuelves a levantarla, tus ojos comienzan a brillar poco a poco regalándome diferentes tonos de azul.
Por eso, el azul siempre ha sido mi color favorito.


Mi máscara se cuartea. Sujeto los pedazos a duras penas entre las notas de un saxofón que llora melodías para ti.


Maldita sea...

-¿Jinguji…?... ¿Has oído lo que he dicho? No sé en qué estarás pensando, pero baja de las nubes de una vez -el chico le miraba ofuscado frunciendo los labios desde el otro lado de la habitación.
-... No lo entenderías, Hijirikawa…no lo entenderías -Ren sonrió de medio lado al ver lo que otro no podía.

Dragon Age Origins - Fan Fic capítulo 1

El fin de la Ruina

Las fuerzas le abandonaban, sintiendo cómo las últimas reservas de lirio se consumían haciendo temblar sus rodillas. El hormigueo propio de la magia recorría todo su cuerpo, naciendo en el centro de su pecho y esparciéndose por sus brazos hasta las palmas de sus manos, donde la masa ígnea cobraba forma. Era uno de sus hechizos más poderosos… y el último que podría lanzar de momento. Soltó el aire de sus pulmones en un grito furioso, empujando con ambas manos el proyectil incendiario en dirección al enemigo. Sólo esperaba que el resto de la compañía lo viese venir; Alistair y Eion estaban allí. Eion, su amigo, su camarada… ella había roto la promesa que se había hecho a sí misma tiempo atrás confesando sus sentimientos la noche anterior. Sabía que el elfo no sentía lo mismo, también que al hacerlo dañaría su ya decadente relación con Alistair y que Eion no cambiaría de opinión, haciendo efectivo el ritual que Morrigan planeaba. Engendrarían un hijo que absorbería la esencia del archidemonio en su interior, a pesar de que ella había hablado para evitarlo.

Ya no tenía nada que perder y tras aquel lanzamiento, aferró su bastón con ambas manos precipitándose en carrera siguiendo la estela de fuego que la bola ígnea dejaba tras de sí, antes de impactar en una de las patas de la temible mole. Podía jugar una última baza si recuperaba distancia y tomaba otra poción. El dragón se resintió más bien poco; intentó apartar a sus atacantes con un latigazo de su cola, pero afortunadamente los que blandían sus armas cerca pudieron esquivarlo. Leliana con ayuda de un par de soldados, recargaba la balista sobre la plataforma. Wynne, lanzaba hechizos de curación a una distancia que le permitía salvaguardarse, y Morrigan apoyaba desatando tormentas mientras el resto se batía cuerpo a cuerpo.

Ygraine subió los escombros humeantes que habían apertrechado al grupo contra las llamas del archidemonio, palpó su cinto tomando entre sus dedos el vial repleto de ese azul líquido amargo. El lirio no tardó en hacer efecto. Cuando el bastón golpeó el suelo con fuerza, la tierra comenzó a temblar abriendo una brecha que se resquebrajaba avanzando a gran velocidad hacia el enemigo… Lo último que pudo ver antes de que la onda expansiva de energía la golpease, fue como el archidemonio caía bajo un rayo proveniente del bastón de Eoin y cómo la espada de Alistair cortaba su garganta, haciéndole finalmente desaparecer bajo el abismo que su hechizo había abierto en la roca.


Las huestes de Urthemiel, el dios antiguo que encerrado en el cuerpo del dragón había atacado a los hombres de Ferelden, comenzaban su huída de vuelta a los Caminos de las Profundidades. Habían luchado como guardas grises, recuperando el honor de la orden y derrotando al mal para salvar el mundo que conocían.

La elfa abrió poco a poco los ojos, tosiendo para recobrar el aire que el golpe le había arrebatado. No sólo había muerte y desolación, había gritos de alegría, lágrimas en los ojos de los supervivientes y como todo final, llevaba a un nuevo comienzo.

—¡Ygraine!... —el hombre se abalanzó sobre ella, estrechándola contra su pecho metálico cubierto de polvo y sangre— Por el aliento del Hacedor. Pensé que te había perdido.

La elfa se aferró a su cintura devolviéndole el abrazo con los ojos llorosos. Ella también había sentido un miedo atroz a perderle. No podía decir que no quería a Alistair; era su amigo, su compañero y a pesar de haber despertado del sueño que les había hecho pensar en un futuro juntos, no habría otro como él.
—Te prometí que estaría aquí —Ygraine acarició su rostro con ternura—. No podía faltar a mi promesa.

Él no pudo evitar sentir cómo su corazón se inflamaba con el solo roce de su mano. La estrechó mucho más fuerte, aferrado a su cintura y besó sus labios como si su vida dependiera de ello. Tendrían una oportunidad, él lucharía porque todo volviese a su lugar y por fin comenzarían juntos en la nueva tierra. Eran bonitas mentiras que creer, engaños hechos para mitigar el dolor de la inminente ruptura. El hombre era consciente de qué les separaba y la conocía demasiado bien; si algo era Ygraine, era sincera. Jamás podría pretender amarle… no sería capaz de mentir.   

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Las celebraciones en Denerim por la victoria de los guardas grises, borraban de las calles la tristeza por los caídos en la guerra civil. Loghain había sido ajusticiado a manos del propio Alistair y las armas depuestas por sus seguidores para unirse contra la Ruína. A pesar de ello, los héroes de Ferelden eran recibidos entre vítores, coronas de flores lanzadas a sus pies, pero todo lo que Ygraine veía eran rostros de hambre cubiertos de una efímera alegría. Su pueblo presa de la esclavitud y los humanos desmembrados por las rencillas de poder, volverían a centrar sus fuerzas en aplastar a los indefensos pasada la euforia de la victoria.
La elfa caminaba con dignidad y el semblante serio. Desde la batalla no habían cruzado palabra. Eion se limitaba a dar órdenes como siempre y Alistair evitaba su presencia salvo a la hora de dormir, cuando compartían una tienda repleta de frialdad. Pasó las noches de vuelta a la ciudad charlando con Leliana y meditando en silencio junto a Sten frente a la hoguera. La trovadora hablaba prácticamente sola todo el tiempo y el qunari era un pozo de tranquilidad por su escasez de palabras.  

A pesar de las peticiones del Arl Eamon Guerrin, Alistair renunciaba a su derecho como hijo del rey y heredero del trono, siguiendo así bajo el servicio de los guardas grises y por consiguiente de Eion. Conocía cual era su lugar, sabía que tenía que guardar compostura y acatar las órdenes impuestas pero, por Andraste que deseaba alimentar a una jauría de engendros con él. La adversidad les había unido como compañeros de armas, la amistad había crecido entre ellos y el destino se había reído en su cara; la única mujer que jamás había amado, quería en silencio a su mejor amigo.

—¿Estás bien? —aminoró el paso hasta situarse junto a Ygraine. Le dolía alzar un muro entre ambos, pero intentaba impedir escuchar de sus labios lo inevitable. Alistair sabía que se engañaba a sí mismo, sin querer estaba precipitando el final.

Ella asintió. El sol calentaba agradablemente su menudo cuerpo dolorido mientras cruzaban las calles de Denerim, arrancando destellos naranja de su cabello cobrizo.
—Odio llamar la atención… Mientras otros adoran el baño de masas —exclamó señalando en dirección a Eion. El elfo saludaba con una mano primero y luego con otra a cada lado del paseo.

—Sabes cuanto le agrada el reconocimiento, la admiración de todos. —Alistair sonrió tristemente encogiéndose de hombros. Había nacido para gobernar, destinado a manejar la situación y a los participantes en ella. Una sombra le cubría cuando sentía ese poder, él lo había visto—. A ti y a mí nos gusta un discreto segundo plano.

—Supongo que tienes razón —Esta vez fue ella la que sonrió—. Todo se ve mejor desde aquí. Mira…

Ygraine señaló a un par de jóvenes borrachos que danzaban peligrosamente, tambaleándose cerca de un carro repleto de abono. Ambos estuvieron a punto de caer cuando uno abrazó al otro y finalmente, terminaron empujando a una oronda mujer que estaba a su lado gritando a todo pulmón.

—Esto no hubiésemos podido verlo desde allí… —rió entre dientes clavando la mirada en la primera fila del desfile.

El hombre soltó una carcajada y la tomó de la mano como de costumbre. Apretó sus dedos entorno a ella y siguió el recorrido con el corazón en un puño.
—Un buen segundo plano.

Sintió la necesidad de retirarse pero eso le haría daño, incluso un daño peor del que le haría siguiendo ese juego. Estaba en una encrucijada; no podía volver atrás el tiempo y deshacer la declaración que había hecho a Eion, pero tampoco podía fingir. No quedaba otra solución… Despacio, Ygraine separó su mano sintiendo un nudo en el estómago.

Dolía. Dolía mucho romper las ilusiones que ambos habían construido a pesar de la adversidad.

—Alistair… —musitó con la voz entrecortada por la tristeza, sintiendo cómo una punzada atravesaba su corazón.

—Lo sé. —Sonrió él con los ojos clavados en los suyos.

Las lágrimas surcaron el rostro de la elfa y se anidaron también en los ojos del hombre, que seguiría amándola hasta la muerte muy a su pesar.


Dejar el círculo de magos, adentrarse en los caminos de las profundidades o acabar con el Archidemonio… Nada en toda su vida había resultado más difícil que dejar ir su mano.

Crónicas del miedo - Lanzamiento hoy, 13!!

Ya hace unos cuantos días que no publico nada por aquí, pero no os penséis que no estoy trabajando. Sigo tejiendo historias para compartir con vosotros, que en breve verán la luz.

Aunque... Hoy, tengo algo importante que contaros: "Crónicas del miedo" está a punto de llegar. Este proyecto nace con fines solidarios; nuestra intención: que los fondos obtenidos sean destinados a la Asociación  Col.lectiu Soterranya (Torrent - Valencia). Entre todos podemos intentar aportar algo para ayudar a aquellos que lo necesitan y que, por una causa u otra, han perdido su hogar.

"Crónicas del miedo", un libro de relatos de terror en el que he tenido la suerte de participar junto a otros 14 escritores y una ilustradora; ¡¡todos de toma pan y moja!!. Porque el miedo puede convertirte en su presa y en este compendio, encontrarás las puertas que te llevarán al más oscuro rincón del que nace.

Crónicas del miedo - Portada de Anaïs Gálvez
Deciros que me siento muy orgullosa de formar parte de esto con gente maravillosa, que se ha esmerado para que nuestra criatura vea la luz y pueda aportar un granito de arena en una ardua labor.

Esta noche, anunciaremos su salida y os daremos el link de compra digital a través de Amazon.

Os dejo los links de la página de facebook y también del evento creado para la presentación hoy a las 21:00. 

"Crónicas del miedo" - Facebook

GRACIAAAAAAAAS!!!!! *_* . (se va a danzar croquetilmente).

Filo Vudú


La primera vez que me adentré en los dominios de aquel señor, lo hice envuelta en sedas negras. Cuidadosamente ceñida a las prendas que unas horas después, esa misma noche, caerían sin remedio sobre el suelo polvoriento. Alguien se ocupó de escoltarme silenciosamente al interior de la plantación de caña, de tal manera que mi presencia no fue descubierta ni percibida por los inquilinos de la gran mansión. Yo ni tan siquiera supe de quién se trataba. No pude percibirlo, sentirlo… saborearlo.

La Gran Dama del camino del río”, cómo era conocida en Nueva Orleans, me esperaba al final de la senda flanqueada por robles centenarios. Blanca y radiante. Su fachada de reminiscencia griega abría columnas al porche amplio y la escalinata invitaba a colarse en sus secretos, de la misma forma en la que se adentra un amante entre los pliegues de las sábanas de la amada.

Ni un ápice de luz. Casi podía cortar la densidad de las sombras que me rodeaban, abrazando mi frialdad de acero en el interior de mi pequeña prisión de ébano, zarandeada durante largo rato por el traqueteo de lo que yo identificaba como andares. De aquí para allá sin cesar. Luchar era en vano, así que reposaba fría y lánguida a la espera de la llamada.
Un último envite y la marcha se detuvo en seco. No pude más que esperar, y esperar resultaba fácil. Los sonidos amortiguados que se descubrían tras la caminata, presagiaban que estaba quizás en las cocinas de los esclavos… Y de nuevo, el silencio antes de la tempestad.

Los tambores rompieron la noche. Cualquiera que escuchase sus ritmos frenéticos, sucumbiría a la magia que encerraba cada golpe seco contra la tensa piel, el cimbrado del axatse, con un sonido parecido al agitar de conchas repiqueteando contra un recipiente. El trance no tardaría en llegar a los que bailaban cubiertos de oscuridad, una oscuridad sólo deshecha por las lenguas de fuego que la fogata alimentaba.

La voz de la Reina Laveau se agitaba en cánticos para despertarme de mi sueño. Era ella, siempre era ella la que lograba traerme de vuelta entre susurros apagados, entre gritos eufóricos. Su voz era mi único aliento. Las manos de Marie acariciaron mi cuerpo con delicadeza una vez salí de mi prisión; apartando las telas con sus dedos. Me abrazó entre sus manos, me tomó como suya y desgarró la carne.

El cálido contacto se hizo delicioso. Sentí cómo mi cuerpo se introducía en las profundidades vitales, sesgando una vida que no me hubo pertenecido hasta que no la invadí por completo. La sangre brotó a borbotones bañando mi cuerpo, faldas carmesí sobre campo de plata. Los últimos estertores del animal no me impresionaron. En poco más de un suspiro permaneció exánime pero majestuoso, las plumas aterciopeladas brillaban con el crepitar del fuego.

La música se intensificó, el baile mucho más frenético que antes llegaba al clímax y ella bebió de mí como lo hice yo antes de ella.
Tan sólo el comienzo de otro ritual del que no conocería el resultado… y yo, de vuelta a mi reposo de ébano.
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La joven se acercó a la vitrina. El folleto del museo en la mano derecha, dónde rezaba: “Museo Histórico del Vudú”. Todo aquello le impresionaba. Cada centímetro de ese edificio estaba repleto de objetos mágicos.
—¿Qué dice en la inscripción? —musitó a su amiga unos pasos por detrás que se detuvo ante el objeto dentro de una caja de ébano. Leyó en voz alta: —”Daga ceremonial de Marie Laveau, Reina del Vudú”.
Ambas siguieron con la mirada el filo que los siglos no habían logrado marchitar.
—Si esta daga hablara, la de historias que contaría.

Pregunta y respuesta tendrás…

Dedicado a mi compadre, Calavera Diablo. Muchas sonrisas me has sacado, granuja. Gracias por el cariño y el apoyo. Esto no refleja ni tan siquiera una parte de mi eterna gratitud.


Lágrimas de amor. Susurros marchitos


Desde el otro lado de la montaña, os traigo la entrada que conjuntamente con Anaïs Galvez - Ilustradora, preparamos para el Concurso Opticks Magazine de Relato Ilustrado. 

Fue todo un placer trabajar con Anaïs, toda una artista y una profesional, que ha sabido captar a la perfección, la esencia que se encierra en cada párrafo. Espero poder contar con la suerte y volver a trabajar con ella en próximos proyectos.
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Anaïs Galvez

Lágrimas de amor. Susurros Marchitos

Los suaves rayos de Selene se colaban a través de los resquicios casi impenetrables de la fortaleza que aquellos árboles milenarios formaban a los pies de la ladera. Sus raíces profundas, sus fuertes troncos nudosos, todos testigos mudos de una historia escrita con lágrimas de amor y susurros marchitos al viento. Secretos que guarda el bosque mecidos entre las hojas.

La pequeña mano se posó suavemente buscando apoyo, enterrando los dedos en el musgo húmedo que cubría cada centímetro de la escarpada superficie. Jadeó antes de proseguir con la respiración entrecortada por el esfuerzo que suponía el ascenso. Por mucho que insistieran en que no acudiese allí, el jovencito regresaba luna tras luna, perdida ya la cuenta de todas las veces que había saltado del lecho nada más anochecer, para volver a contemplar el estanque. Recorría los caminos hasta las cumbres nubladas donde, por alguna inexplicable razón, se sentía a salvo.
Las leyendas que contaban en la aldea hablaban de ondinas que habitaban aquellas aguas cristalinas. Contaban que podían verse sentadas junto a la cascada, peinando sus largos cabellos de azabache, sus níveos cuerpos cubiertos de sedas y perlas. Hermosas como ninguna.

Él acudía puntual cada noche con la esperanza de encontrarlas. Sin embargo, parecía que se resistían a romper el velo que les separaba de la mundana realidad y por mucha insistencia que mostrase el niño, las ondinas se negaban a aparecer ante él. Mas, cierto era, que cada noche el pequeño recibía un regalo al entrar en sus dominios. Las luciérnagas bailaban a su alrededor melodías que sólo sus oídos eran capaces de percibir. Encontraba la más hermosa flor de colores nunca vistos o perlas de un brillante blanco y un intenso negro en montoncitos sobre una roca. Estaba convencido. Eran ellas las que vertían sus bendiciones sobre él.
Y no se equivocaba. Aquel hermoso ser sobrenatural que habitaba las profundas aguas de la poza se había prendado del niño desde el día que le visitó por vez primera. Su puro corazón y la ingenuidad de su sonrisa le hacían creer que la magia se extendía más allá de su pequeño reino y por eso, no sólo lo colmaba de regalos en su secreto rincón, sino que lo bendecía sin saberlo con la buena suerte que poco a poco se instaló en la vida del jovencito trayéndole buenaventura.

El tiempo no es más que una ilusión que se rompe ante los ojos humanos. Para ella, los años eran fugaces como los copos de nieve que traía el invierno sobre su estanque, perdidos al suave contacto. Pero no pasaban en vano. El niño se convertía en hombre y en el corazón de la Ondina despertó el amor. Era tal la intensidad de aquel sentimiento que la invadía, que traspasaba su propio ser llenando el espacio en el que reinaba. El estanque era cada vez más hermoso, las nieblas que separaban la magia de la realidad eran tan sólo rocío en aquel paraje. La voz del viento, las canciones de los árboles..., podían sentirse a los pies de la ladera. Contemplar su rostro era suficiente. Ella le pertenecía bajo las frías aguas.

Una noche más, la oscuridad caía sobre la aldea y el muchacho acudía a su cita pero esta vez no iba sólo. La vida le había sonreído fruto del amor secreto que la Ondina vertía sobre él con bendiciones. Tanto era así, que el amor había tocado a su puerta y él se había rendido a sus pies. Era una hermosa doncella de cabellos largos como intensas lenguas de fuego, la suave piel del durazno de verano y los ojos de la mies.
La pequeña Ondina no daba crédito. El dolor bañaba su corazón de la misma manera que las aguas agitaban su cuerpo más allá de la cascada. El amor le había roto en pedazos el alma y ya nunca más sería magia sino pesar.

No se recuerda en la comarca una lluvia tan intensa como la que asoló los parajes en aquellos días. Las lágrimas de dolor de la Ondina se llevaron todo el verdor de la poza, haciéndola mustia y sin vida. Las aguas se oscurecieron y la sequía devoró todo cuanto su amor había construido... Todo. Incluso la suerte del apuesto joven.
La guerra le reclamó. La muerte clavó sus profundas garras sobre su cuerpo, apartándolo de su amada, la del cabello de fuego, la de la piel como el durazno de verano y los ojos de mies.

La dulce doncella visitó la poza con lágrimas en los ojos y lirios blancos en su mano que lanzó al agua verdosa en señal de duelo. No había tumba ni lápida sobre la que llorar la muerte del amado, salvo aquel lugar ahora oscuro en el que se habían jurado amor eterno. Un lugar que ahora parecía cubierto por el mismo dolor que la perseguía como una sombra tenebrosa, desdichada compañera.
No estaba sola en su duelo. La Ondina la contempló con pesar a través de su cristalina cascada. El amor había separado sus caminos, el dolor volvía a encontrarlas bajo la tormenta que bañaba la montaña. Compartían los mismos sentimientos, el mismo dolor que desgarraba el corazón a jirones y fue entonces cuando se dio cuenta de que ambas habían perdido su mitad... Juntas, serían una.
El tenue velo se rasgó cayendo a los pies de la doncella que contempló, con una triste sonrisa, emerger de las oscuras aguas la más hermosa visión, pues aún en su dolor la Ondina era bella. Los lirios vistieron los cabellos de azabache y de fuego. Entrelazando sus manos cubiertas de blancas perlas besó primero sus mejillas, haciendo desaparecer las diamantinas lágrimas y luego sobre sus labios, sellando el destino de ambas.

Bajo la luz de Selene, el estanque vuelve a vestir las galas de antaño para el joven caído, pues su dulce doncella y la Ondina peinan sus cabellos entre el remanso cristalino, con lágrimas de amor en sus ojos y susurros marchitos al viento.

Bienvenidos al otro lado de la montaña

¡¡Hola a todos!!,

No sé por dónde empezar. Supongo que contándoos un poco qué encontraréis por aquí, pero si os digo la verdad, ni yo misma lo sé. No puedo más que dejarme llevar por las musas, que se entretienen de cuando en cuando dejándome alguna cosa. Así que aprovecho ese momento para hacerlas trabajar.

Estoy asistiendo a un taller de microrelatos en una biblioteca de Valencia, impartido por Ginés Vera (http://ginesverab.blogspot.com.es/). Un gran profesor del que hay mucho que aprender, pero sobretodo he podido captar en él, vibraciones de buena persona y un sentido del humor que hace que la velada se ilumine. ¡Los compañeros son excelentes!. Es extraordinario compartir esto con Jesús, mi marido y también con mi Mimi adoreibol!!. Estamos conociendo a gente especial y haciendo cosas especiales por partida doble. 

Aquí os dejo el primer relato que escribí para el taller:

Mejores Amigas
La observé sentarse sobre la cama. La colcha rosa ni tan sólo se hundió bajo su peso. Me sonrió, mientras yo seguía allí de pie, recostada sobre el marco de la puerta de brazos cruzados con una melancólica sonrisa en los labios. La nostalgia se apoderaba de mí, en ese rincón del pecho dónde la guardo sólo a ella.
Seguía entretenida entre los juguetes que tantos buenos momentos nos habían traído, dirigiéndome miradas furtivas e invitándome a unirme a las historias que juntas escribimos. Mi amiga, mi hermana… mi incansable compañera.
—¿Lo has recogido todo?. Pronto marcharemos. —exclamé, suspirando con tristeza.
—Tengo todo lo que necesito aquí… y aquí. —La pequeña puso una mano sobre la mía y otra sobre su corazón, sin dejar de lado esa inocente sonrisa que me encandilaba.
Yo acaricié su mejilla incorpórea y dejé que una lágrima escapara de mis ojos.
—Siempre nos tendremos la una a la otra.

—Hija… ¿Con quién hablas?. Es hora de irse. —voceó mi madre al otro lado del pasillo.
—Tranquila, madre —exclamé para ella con prontitud, apartando el llanto que amenazaba con sobrevenir— …Cosas mías y de mi imaginación. —musité para mis adentros.

Partimos juntas de la mano, como siempre.


Ireth Minllatur - Karla M. Carlotti Blázquez

Hilandera de historias. No busco colgarme el mérito de escritora, sólo quiero crear personajes, mover sus vidas y que los lectores los amen, sufran, rían con ellos de la misma forma que lo hago yo. Quiero crear mundos, sortear aventuras... Deseo que la magia y la imaginación sigan latentes.

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The Hobbit - Misty Mountain